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COLECCIÓN DE LITERATURA ERÓTICA POR JOSÉ AGUSTÍN RAMÍREZ (Parte 1 de 2)

Desde siempre, he mirado los libros como objetos casi mágicos, que detrás de sus portadas sugerentes, ocultan portales hacia otras dimensiones. Toda clase de libros, un mar de libros y discos, es donde yo decidí naufragar. Pero aquí me invitaron a hablar de letras y sexo, así que les cuento de mi relación muy íntima con dos temas que me acompañan desde la niñez. Veo mis recuerdos como si estuvieran inscritos en un libro imaginario: Se abren a voluntad, como las puertas de cartón que revelan sus páginas, y como las piernas aterciopeladas de mujeres hermosas, para llevarnos a viajes insospechados, a revivir las pasiones y sentimientos de otros hombres, mujeres y personajes inolvidables. Casi tanto, o a veces más que quienes, para su fortuna o desgracia, se han atrevido a desnudarse con nosotros, regalándonos ese momento de victoria, cuando se resbala la ropa interior, alejándose de la piel brillante, casi como que en cámara lenta, por las buenas de preferencia. Tal como quienes han tomado las hojas blancas por asalto, para invitar a sus lectores a perderse en sus historias. O como quién propone a uno (a) o más [email protected], a convertirse en algo más que eso, sea para siempre, o solo por un rato: Eso hace un buen libro o un buen amante, nos invitan a fundirnos en un beso sin tiempo, es una caricia desesperada y una forma pagana de comunión, que nos convierte momentáneamente en uno solo. Después de un gran libro, o una buena cogida, nada es igual, cuando se termina entre los dedos, como agua que no se vuelve a recoger, terminar una buena novela se siente tal como quién ha perdido a una pareja, por la que había metido las manos al fuego. No hay más, bajas como de un viaje de hongos, de nuevo a la realidad, y nada volverá a ser lo mismo. El mundo ha sido trastocado.

            Así pues, como te decía, desde que era un skwinkle, me obsesiona la idea del sexo, creo que un poco más y desde un poco antes que a la mayoría de los niños (as), pues a todos finalmente se nos despierta el radar del sexo, con todos sus misterios y fantasías. Siendo el hijo de un laureado y hasta controvertido escritor, de muy mala fama y aún más calidad literaria, los libros eran algo cotidiano en mi casa, así que son culpables en parte de mi mala educación, que se nutrió lo mismo de García Lorca, García Márquez, Shakespeare y William Blake, que de Burroughs, Bukowski, Rimbaud y Baudelaire. No tenemos tiempo de explicar por qué he mencionado estos nombres al azar, pues mejor, guiando mi hipnosis regresiva,  giro mi vista hacia un revistero donde descansan, ante mis ojos embrujados, sendos ejemplares de la revista Penthouse, con fotos de mujeres desnudas en actitudes invitantes, que atrapan mi atención por completo, cuando ni siquiera conocía la palabra pornografía. Su lema, bajo el nombre de la revista, reza: “It’s all about Sex, & it’s all in here…”, jamás lo olvidé, pues me habló al oído del mundo sucio y secreto de los adultos. Pronto quedé pegado a sus páginas, a sus “pictoriales”, o series de fotografías súper explícitas para su época, donde me enseñé a idolatrar el sexo lésbico, tanto o más que el heterosexual, así como el exhibicionismo, y la masturbación femenina, que fueron mi mayor ilusión, cuando solo eran sueños que ni siquiera imaginaba hacer realidad. Solo eran eso, obsesiones precoces, que ya auguraban mi personalidad adictiva a los placeres de la carne, así como a las substancias intoxicantes y delirógenas, ya que estamos en plan confesionario.

Pero la revista Penthouse también colaboró a mis primitivas lecciones de escritura, pues mi jefe, como buen escritor, era asiduo lo mismo a la revista original, que a una fanzine que brotó de las entrañas de la primera, la revista Penthouse Letters. Yo las leía sin falta, cuando mi padre las desechaba en una pila de número atrasados, sobre un librero de su estudio. En su interior, había algunas fotografías porno para ilustrar los textos, que podían ser artículos sobre sexo, pero lo principal eran las supuestas cartas de los lectores, donde revelaban sus momentos más íntimos, sobre relaciones sexuales de todo tipo, que se catalogaban en la revista como “one on one”, “Lesbian”, “Threesome”, etc…

Aunque ya existía el porno en video, desde el Beta hasta el VHS, que desde luego eran más explícitos para la vista, el placer de la lectura ya se había incubado en mí, por toda clase de grandes lecturas, y lo mismo que mi jefe, disfrutaba enormemente de imaginar estos encuentros ajenos, dándoles vida solo con la mente, recreando en el cerebro excitado las aventuras escritas en primera persona, donde aprendía un poco sobre cómo se escribe sobre sexo, en inglés, y un poco sobre lo que se espera de una aproximación cercana del cuarto tipo. Esta clase de lectura me llevó a investigar un poco  más sobre que libros pudieran calmar mi ansiedad, esa inquietud por conocer los rincones del sexo opuesto, al que solo conocía por medio de lecturas, fotografías y video. Así que entraba discretamente al estudio de mi padre y me sumergía en sus libreros, buscando referencias a cualquier forma de erotismo.

Allí me encontré con maravillas parlantes de siglos atrás, como, obvio, el Kamasutra, o el Decamerón, el Satyricón, y como olvidar El Asno de oro de Apuleyo, un clásico de literatura  romana antigua, sobre un hombre al que una bruja convierte en burro, pero este, entre muchas aventuras y desdichas, resulta un semental que las mujeres de la alta sociedad romana veneran, y lo convierten en un amante homenajeado incluso en el coliseo, tras sus hazañas de sexo en vivo, frente a las multitudes… Una de las grandes favoritas de mi padre, de todos los tiempos, era desde luego la Lolita, de Nabokov, a quien reverenciaba y releía con devoción, hasta deshojar sus libros desflorándolos como un enamorado deshoja margaritas. Lo mismo con Milan Kundera y su Insoportable Levedad del Ser, La Broma y La vida está en otra parte, o El Beso de la mujer araña, de Manuel Puig, o El vampiro de la colonia Roma, en onda gay.

Mi jefe, de hecho, hizo una antología erótica con fragmentos de sus novelas y algunos cuentos, que tituló La Miel derramada, y reunía lo más perverso y divertido de sus rollos calenturientos, como los excelentes relatos: Transportarán un cadáver por exprés, o La Reina del metro (sobre una diva del subterráneo que está buenísima pero horrenda de rostro), así como selecciones de La Tumba, De Perfil (el inolvidable acostón medio sado del protagonista con la ya mítica Queta Johnson), El Rey se acerca a su templo (sexo en la cárcel), Ciudades desiertas (romance y voyeurismo), y un largo etc., de entre sus brillantes obras, pa que más que la pura verdad: Quién se acerca a sus letras vivas y aún ardientes, no se arrepentirá, sino que se abrirán un poco sus horizontes, y las puertas de su percepción. (Fin de la primera Parte, ¡continuará!)

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